lunes, 29 de septiembre de 2014

Portugal. Fin de viaje con paradas inesperadas.

Siempre las vacaciones se hacen cortas, pero este año han sido cortísimas, entre unas cosas y otras solo hemos tenido dos semanas, de las cuales hemos estado unos 10 días en Portugal, así que cuando empiezas a cogerle gustillo te tienes que volver, pero bueno nos tendremos quedar con las buenas experiencias y sobretodo con haber viajado por primera vez con nuestro peque. ¡Ha sido todo un éxito!

Nuestra idea como siempre era madrugar, pero madrugar mucho para que Éric fuera durmiendo el máximo tiempo posible y que el viaje hacia Madrid no se le hiciera muy pesado. Pero sonó el despertador, Quim lo paró y nos despertamos cuando el peque abrió la pestaña...un desastre. Así que al final salimos a las 9h de nuestra casa de Ulgueira, que eran las 10h en España.



Los primeros 45min de viaje largos y pesados escuchando las quejas constantes de Éric, ya sabía lo que le esperaba y no le hacía mucha gracia, yo amenacé un par de veces con tirarme por la ventana del coche. Si el viaje iba a ser así iba a ser tremendo. Encima atasco al pasar por Lisboa y al ratillo por fin decidió dormirse.

Así avanzamos camino lo que pudimos, pero entretener a un bebé de 6 meses en el coche, cuando está atado a una silla que mira hacia un respaldo no es fácil, de modo que empezamos a hacer paradas. En una de esas nos dimos cuenta que estábamos cerca de Evoramonte, un pueblo con castillo reconstruido y que la propia Lonely Planet indicaba que era un buen sitio para hacer un alto en el camino.



Allá fuimos, de nuevo cargamos al peque en la mochilita y visitamos el castillo y el pueblo. El castillo es más una fortaleza que otra cosa, es una mole cuadrada con cuatro torres y en la fachada como único adorno hay una especie de lazos hechos de piedra, parece que está envuelto para regalo. La entrada cuesta 2€ y ya con Éric dormido decidimos visitarlo. No es gran cosa, las estancias no están amuebladas y solo había una expo bastante extraña con una figura hecha de palillos...

El pueblo es pequeñito pero con encanto, bueno la zona amurallada, la zona exterior no la vimos. Un paseo pasando junto al cementerio y la iglesia y de nuevo al coche a continuar camino.



De nuevo Éric se despertó, esta vez ya cerca de Mérida. Lo conocíamos del año anterior y los dos pensamos inmediatamente en El Pestorejo, un restaurante muy conocido en el centro de la ciudad, donde ponen unas raciones impresionantes. Ya era tarde pero aun así comimos los tres, Éric no pudo probar la especialidad de la casa, el..... Y cuando ya estábamos a punto de irnos vi trabajando en el bar de al lado una antigua de compañera de trabajo con la que coincidí en Barcelona, al principio lo típico se te hace raro ver a alguien conocido tan lejos de donde la ubicas habitualmente, pero sí era ella, con estas coincidencias te das cuenta de que el mundo es realmente un pañuelo.

Y a partir de ahí un regalazo, Éric decidió que era muy aburrido seguir en ese plan y se durmió, ¡así hasta Madrid! Por lo que el resto del viaje fue ir recorriendo los kms que faltaban esperando que no se despertara antes de tiempo.


Un par de días en Madrid con la familia y de nuevo a la dichosa rutina. Pero estamos contentos, este viaje era una incertidumbre por ver cómo reaccionaría el peque, si aguantaría tantos kms, si se acostumbraría a los cambios en su rutina y la sorpresa ha sido mayúscula.

La conclusión es que sí se puede viajar con niños, aunque sean bebés, lo único que hay que tener muy claro es que el ritmo es muy diferente y hay que respetar ciertas rutinas. Para nosotros la hora de irse a dormir por la noche es sagrada y nos ha funcionado genial, ya os iremos contando en los próximos viajes.


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